Dicen que en Botswana —en el cono sur de África— donde la arena manda y el horizonte nunca toca el agua— los cubanos pierden un poco el azul de la memoria. No porque el país sea árido o lejano, sino porque, al no haber mar, el alma siente que le falta un latido.
Cuando el Dr. Jesse Ason Salinas llegó allí, como parte de la cooperación médica que su país inició desde fines de los 80 del siglo XX, sintió justo eso: como si una parte suya se hubiera quedado suspendida sobre La Habana vieja, esperando su regreso.
Pero Jesse no es de los que se quiebran. Estudió en una escuela que forma carácter: Los Camilitos, y un día luminoso de agosto de 2003 se graduó como técnico en enfermería en el teatro Carlos Marx, en un acto que él define como bellísimo, donde el propio Fidel Castro hizo un discurso de cuatro horas, le entregó su título y le hizo vivir un milagro íntimo: el Comandante saludó a su mamá cuando él se lo pidió.
Fue un gesto pequeño para el mundo, pero para Jesse… fue como si la vida le hubiera puesto un sol en el pecho. Su madre, hoy ausente, brilló ese día como una niña de quince. Él sabe que ese recuerdo fue uno de los regalos más puros que pudo darle.
Jesse había hecho su servicio social en el Hospital América Arias de la capital, donde no pocos profesores, al parecer, vieron su ética, destreza y ternura—y le ofrecieron un presagio de vida: “Si te animas, podrías ser un buen médico.”
Y él creyó.
Creyó tanto que empezó la carrera de Medicina en 2006 en la Facultad Calixto García, donde presidió la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) de Ciencias Médicas.
Sucedió entonces otro milagro con Fidel, quien asistía a un encuentro con los dirigentes de la FEU de La Habana: "Al yo intervenir, me interrumpe y me dice: Chico, yo te conozco. En ese momento le cuento lo sucedido en la graduación de enfermería, y lo más gracioso fue su respuesta: Pero ahora estás calvo… Increíblemente, Fidel me había recordado."
Con ese impulso, el joven Jesse siguió avanzando, sin perder el foco, sin soltar la meta. Escogió la Medicina Intensiva por la adrenalina, la urgencia, el valor de un segundo y el privilegio de devolver un latido. Recibió todo el apoyo de sus padres para que se dedicara solo a sus estudios y creyó en sí mismo bajo la norma que lo acompaña desde siempre:
“Si otros pudieron, ¿por qué yo no?”
Así llegó a Botswana, en su tercera misión internacionalista, donde los días empiezan temprano, entre la entrega de la guardia y las clases a sus estudiantes. Jesse es el único especialista en Medicina Intensiva del centro, y por eso lo llaman de otros salones, de otros servicios, de otros hospitales. A veces trabaja incluso los fines de semana; otras veces no tiene tiempo ni de recordar que está lejos.
Pero algo mágico ocurre allí.
Aunque Botswana no tenga mar, Jesse comenzó a encontrarlo en lugares inesperados: un reflejo azulísimo en la bata de un alumno, una luz pequeña en el monitor de un paciente que vuelve a respirar, un susurro casi líquido en el silencio de la terapia intensiva.
Porque el mar —su mar— el que tiene cerca de su casa en La Habana insiste.
Aparece a escondidas, lo sigue, lo acompaña.
Jesse es hoy un profesional maduro y humilde, con un humor cercano y una identidad que no se debate: sabe quién es y qué representa. Sabe que lleva a Cuba en cada paso, en cada guardia, en cada decisión. Sabe que la humanidad que brinda es su bandera más alta.
Por eso, cuando cae la noche, Jesse a veces mira el cielo africano y sonríe. Botswana no tiene costas, pero él ha aprendido a leer los mares invisibles.
Sigue siendo entonces el mismo muchacho que un día pidió que Fidel saludara a su mamá.
El mismo médico que se propuso llegar lejos.
El mismo cubano que lleva el azul en la sangre.
Porque para quienes sanan, el mar siempre vuelve.
Incluso en Botswana.




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