Allá en Majibacoa, donde el central respira como un gigante dormido, algunas niñas nacen tocadas por la fe. Y cuando ponen sus manos sobre algo, aunque sea un geranio triste o un pequeño con fiebre, lo que tocan empieza a mejorar.
Allá en Majibacoa, donde el central respira como un gigante dormido, algunas niñas nacen tocadas por la fe. Y cuando ponen sus manos sobre algo, aunque sea un geranio triste o un pequeño con fiebre, lo que tocan empieza a mejorar.
Hay destinos que se anuncian antes de llegar. A Darvis Lorente el suyo le habló primero en sueños, una noche tranquila en Yara, su pueblo granmense. Se vio caminando entre pinos gigantes, bajo la nieve, frente a un hospital de campaña levantado contra el frío. No sabía el país, pero sí la certeza: debía estar allí.
En la memoria de quienes lo conocen, Jorge Ernesto Hernández Estévez aparece siempre con la misma luz: la de un muchacho que encontró en la Enfermería no un oficio, sino una manera de estar en el mundo.
Dicen que en Antigua y Barbuda el mar tiene memoria. Que al amanecer deja mensajes escritos con espuma para quienes saben leerlos.
Dicen que en Botswana —en el cono sur de África— donde la arena manda y el horizonte nunca toca el agua— los cubanos pierden un poco el azul de la memoria. No porque el país sea árido o lejano, sino porque, al no haber mar, el alma siente que le falta un latido.